{"id":897,"date":"2022-05-03T12:20:51","date_gmt":"2022-05-03T15:20:51","guid":{"rendered":"https:\/\/trumanmag.com\/?p=897"},"modified":"2022-05-03T12:20:51","modified_gmt":"2022-05-03T15:20:51","slug":"el-heroe-un-relato-de-miguel-briante","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/2022\/05\/03\/el-heroe-un-relato-de-miguel-briante\/","title":{"rendered":"El h\u00e9roe, un relato de Miguel Briante"},"content":{"rendered":"\n<p>La fueron haciendo de a poco: trabajaron -sinti\u00f3- como bestias. Apenas pudo imaginar sus cuerpos lentos, uniformados. O a lo mejor se quitaron el uniforme. Pero oy\u00f3 los golpes: repetidos, repetidos, constantes contra la madera. Contra mi cara. Los martillos en sus manos: tuvo ganas de re\u00edrse. Se contuvo pero los ruidos segu\u00edan: alguien le hablaba. Contra mi cara ruidosamente.<br>-Va a quedar linda, ya vas a ver que\u2026Qu\u00e9 voy a ver, pens\u00f3. Todav\u00eda suman los errores: no se acostumbran. Es un poco como si la l\u00e1stima tuviera fondo, m\u00e1s amargo que la misma l\u00e1stima. Como antes, cuando ya estaba as\u00ed y los sent\u00eda entrar con el diario y decir mira lo que sali\u00f3 acerca tuyo y yo quer\u00eda mirarlos y me ped\u00edan perd\u00f3n.<br>-Perd\u00f3n.<br>Dijo el otro. Pero \u00e9l no hab\u00eda protestado en voz alta. Ahora pica el sol: sudan. Despu\u00e9s -ahora est\u00e1n pens\u00e1ndolo, pens\u00f3- la van a llevar frente al hospital y la van a armar (oficio para militares retirados, se hacen casillas y se colocan a domicilio). Despu\u00e9s mi cara ser\u00e1 una especie de naturaleza muerta con marco lustrado, y todos, hasta los enfermos, podr\u00e1n verme.<br>-Fontanares -dijo la voz seca.<br>Tendi\u00f3 la mano hacia el lugar exacto. El hombre dijo no, \u00e9sos son Particulares. B\u00fasquelos, pens\u00f3, pero no lo dijo y sigui\u00f3 arrastrando la mano lentamente mientras trataba de ubicar el lugar, con la memoria. Mientras imaginaba, tambi\u00e9n, los ojos del tipo clavados en el paquete de Fontanares, despu\u00e9s en sus manos, ahora en sus ojos. Es una payasada, pens\u00f3: s\u00edrvaselos por favor. Lentamente cont\u00f3 el dinero: un papel grande, de diez pesos. Otro igual. Abri\u00f3 la caja y busc\u00f3 dos monedas pesadas: dos de vuelto, se\u00f1or. Pero no se lo dijo a nadie, se lo grit\u00f3 a los pasos que se alejaban por la vereda del hospital, que ahora -tal vez- sub\u00edan la escalinata.<br>-Va a quedar linda, falta armarla, despu\u00e9s\u2026<br>Quiso escuchar y el sol segu\u00eda picando: todav\u00eda sudan, pens\u00f3. Dijo algo: galones, chaquetillas. Le respondieron que no, que estaban trabajando en camisa, algunos en camiseta. Esto a lo mejor no lo dijeron pero \u00e9l lo invent\u00f3: brigadieres. Ofiches, apenas, como dicen en Palomar, como nos llam\u00e1bamos entre nosotros, en el Casino. Porque los brigadieres no pueden andar en camiseta y usar un martillo, dijo casi en voz alta, pero la voz del martillo sobre la madera (sobre contra mi cara, de golpe sinti\u00f3 los golpes) le tap\u00f3 la voz. Alguien empez\u00f3 a hablar de brigadieres. Era Lucho: dijo que aqu\u00e9l no porque era un atorrante, el que hace falta. Mantener el prestigio, como lo mantuviste vos, te acord\u00e1s, viejo.<br>Y quiz\u00e1 le estuvieran hablando a \u00e9l.<br>Pero nunca supo del todo c\u00f3mo era la cosa. A veces pensaba que se re\u00edan, que lo tomaban en broma, que los diarios no dijeron nada, nunca. Igual que la radio, que no lo hab\u00eda dicho m\u00e1s que una vez, en un informativo. O hab\u00edan transmitido la ceremonia aquella: no s\u00e9. Pero si hasta la televisi\u00f3n, pens\u00f3, no hace mucho: los ojos me ard\u00edan contra los p\u00e1rpados y sent\u00ed calor en la cara. Era el foco. Adem\u00e1s, o\u00ed el ruido del estudio, los pasos. Alguien dijo un discurso y despu\u00e9s no pude hablar porque estaba emocionado. No puede ser un enga\u00f1o.<br>-Pap\u00e1 -hab\u00eda dicho antes Cristina-. Pap\u00e1, suerte.<br>Era chica y no entend\u00eda pero igual le deseaba suerte: por entre los ojos azules, por entre la mara\u00f1a rubia que le desordenaba la cara en mechones. Fue f\u00e1cil pensar en ella hasta que la ciudad estuvo abajo, oblicua y de alguna manera sobre \u00e9l, gravitando peligrosamente mientras el avi\u00f3n apuntaba hacia abajo y \u00e9l pensaba cabellos-rubios-pap\u00e1-suerte. Suerte, les dijo como les hab\u00eda dicho antes. Pero \u00e9l ahora iba con ellos en el cami\u00f3n. Antes no. Aquella vez, simplemente, los hab\u00eda sentido doblar los papeles, atravesar el jard\u00edn, abrir la puerta, subir al coche que ten\u00eda el mismo ruido del cami\u00f3n al que est\u00e1n subiendo. Pero ahora llevan grandes tablas armadas y aquella vez eran dibujos que al principio eran grotescos pero que ella, Cristina, hab\u00eda pasado en limpio.<br>-En el rinc\u00f3n de abajo, a la izquierda, qu\u00e9 dice, pap\u00e1.<br>Se lo dijo. Aunque ella era m\u00e1s grande ahora: entend\u00eda.<br>-Son letras. A, be, ce, efe. Quieren decir\u2026<br>-No importa, pap\u00e1, no me digas, ya las puse.<br>Despu\u00e9s los llam\u00f3 y vinieron a juzgar su invento: perfeccionar las ametralladoras de los aviones Mentor T34 para seguir manteniendo el prestigio, pens\u00f3 ahora, mientras estaba subiendo al cami\u00f3n, es decir cuando definitivamente el prestigio hab\u00eda terminado por gastarse, como un traje muy usado. Ellos aprobaron a coro en la habitaci\u00f3n silenciosa, como gallinas contentas de tener un gallo in\u00fatil (pero, de alguna manera, prodigio) que de pronto se despertaba y era capaz de seguir cacareando.<\/p>\n\n\n\n<p>En el amanecer la ciudad estaba m\u00e1s cerca, m\u00e1s baja. La primera pasada, como para que se fueran despertando. Despu\u00e9s pens\u00f3: Cristina buena suerte pap\u00e1 ella no entiende. No sabe que es cuesti\u00f3n de habilidad, no de suerte. Estaba cerca: la casa rosada -lo vio as\u00ed; de un ramalazo, simplemente- en el borde del r\u00edo. Caser\u00edoplazalibertad, pens\u00f3. Era como acordarse, convencionalmente, del veinticinco de mayo: pero muy convencionalmente: como un capricho. Tambi\u00e9n se acord\u00f3 de muchas cosas: del casino de oficiales y de las conversaciones acerca de la vieja idea (la misma idea que ellos se llevaron despu\u00e9s, en el papel, para ponerla en pr\u00e1ctica, desarrollada en los dibujos que Cristina hab\u00eda pasado en limpio), porque \u00e9l ya hab\u00eda pensado que pod\u00eda pasar eso, que las ametralladoras no eran perfectas. Y sent\u00eda miedo, extra\u00f1o, profundo: siempre ese miedo que hab\u00eda que tapar con habilidad, con meticulosidad, pensaba.<br>El motor, de pronto; se detuvo. Crecieron las voces y una mano le toc\u00f3 el hombro. Era Lucho, oficial, al sol -imagin\u00f3-, en camiseta. Le hab\u00eda dicho \u00e9l mismo, Lucho: que todo marchaba bien, que las ametralladoras eran segur\u00edsimas desde que le aplicaran esa innovaci\u00f3n que \u00e9l hab\u00eda continuado rumiando lentamente -despu\u00e9s de lo de la plaza- en la constante oscuridad a la que apenas llegaba, durante ese tiempo, la voz de Cristina. Ella era m\u00e1s grande, eso la ayudaba a entender, aunque -intent\u00f3 recordar si ella lo hab\u00eda dicho o \u00e9l hab\u00eda imaginado que ella lo pensaba- hubiera preferido no entender. Lo ayudaba, le preguntaba qu\u00e9 letra estaba en tal lugar, entre tal v\u00e9rtice, hasta que encontr\u00f3 los diarios, cre\u00eda, con las fotos y los textos donde se contaba la haza\u00f1a y la desgracia, y empez\u00f3 (Cristina) a alejarse un poco. Y termin\u00f3 por hablarle nada m\u00e1s que lo necesario, despu\u00e9s, cuando vio una foto -alguien le cont\u00f3 que ella la hab\u00eda mirado sin decir nada, durante un rato- que \u00e9l no hab\u00eda querido mostrar nunca, hasta que tuvo que sacar \u00e9sa donde el brigadier (brigadieres en camiseta y con el martillo en la mano, ni los brigadieres retirados, pens\u00f3: s\u00f3lo para ofiches), el brigadier me entregaba la medalla.<br>Lucho dijo que ya estaban frente al hospital. La vas a pasar piola, dijo. O fue otro: pero la estaban armando. Los golpes sub\u00edan en la vereda, seguramente entre los tipos curiosos que se habr\u00e1n parado a mirar, iban hasta \u00e9l (hasta m\u00ed contra mi cara los golpes rebotan y se extienden y de pronto tienen forma precisa): pero son martillos y seguro que la casilla ya est\u00e1 casi en alto. Todo es r\u00e1pido. La prepararon en casa y ahora es f\u00e1cil armarla. Me ayudan. Silenciosamente me ayudan pero tal vez es un enga\u00f1o. Tal vez todos est\u00e1n, siempre estuvieron riendo. El marco lustrado y yo adentro, como en una caja, como una fruta seca en un cuadro.<br>Eran las doce. Hab\u00eda sobrevolado toda la ma\u00f1ana. Abajo ya hab\u00eda hormigueo: la ciudad estaba totalmente despierta y de pronto se olvid\u00f3 Cristina-ella-no-entiende, pens\u00f3 en el avi\u00f3n, en la ametralladora. Sinti\u00f3, como si \u00e9l tuviera fondo y en ese lugar oscuro estuviera el miedo, esperando, una certeza. Suerte pa. Cort\u00f3. Es cuesti\u00f3n de habilidad, se dijo. Apret\u00f3 el bast\u00f3n de mando, lo volc\u00f3 hacia adelante y el avi\u00f3n arranc\u00f3 furiosamente hacia abajo, antes de que llegara la voz que dec\u00eda avi\u00f3n-eco-sesenta y cuatro-baje-sobre-la-plaza. Sobre la plaza la gente empez\u00f3 a moverse y alzaron los rostros mientras una sombra -la m\u00eda pens\u00f3 ahora, hab\u00eda pensado tambi\u00e9n aquella vez-, una cruz deslizante ca\u00eda sobre ellos. Pas\u00f3 la primera vez sin disparar: algo, el miedo-certeza, repentino, se lo imped\u00eda. Entonces fue el principio de lo magistral: fue hacia el r\u00edo, la punta del avi\u00f3n se elev\u00f3, tap\u00f3 el agua; tap\u00f3 el horizonte, tap\u00f3 el cielo y volvi\u00f3 hacia la ciudad, cabeza abajo; como para tapar o hacer caer el miedo del pozo. Se mantuvo unos metros as\u00ed, en ca\u00edda y con la plaza casi encima: hizo el movimiento en tirabuz\u00f3n, qued\u00f3 horizontal, normalmente cubriendo la plaza donde la gente se agrupaba; y \u00e9l estaba pensando que se divert\u00eda, como en una funci\u00f3n de acrobacia.<br>Continuaban las voces. Se pregunt\u00f3 nuevamente si estar\u00edan en camiseta e imagin\u00f3 una armada nacional de verano: los oficiales sudorosos, con los galones bordados en liviano hilo de nylon a la camiseta, o pintados en los hombros. Lucho le hablaba: como aquella vez dec\u00eda que todo estaba listo.<\/p>\n\n\n\n<p>-La vas a pasar bien. Imag\u00ednate, adem\u00e1s de la pensi\u00f3n, que no alcanza, claro, esto\u2026<br>Y esto, antes hab\u00eda sido el resultado del invento: las ametralladoras con la innovaci\u00f3n. Es decir la cuota que, adem\u00e1s de la pensi\u00f3n, te va a pasar la aeron\u00e1utica. Y esto, ahora, era la casilla, frente al hospital, los paquetes de cigarrillos en fila. Hab\u00eda tratado de imaginarlos: en una caja, al costado, en fila y con una se\u00f1al que los identifica. Salvo cuando pon\u00eda las cosas mal y cambiaba Particulares por Fontanares. Mejor dicho; no \u00e9l sino los repartidores, cuando \u00e9l les indicaba: p\u00f3nganlos ah\u00ed, despu\u00e9s de o\u00edr el nombre. Y el ruido, a veces, de lejos, lo golpeaba: Y nuevamente estaba dentro del ruido, mientras la inmensa cruz negra se acercaba, abajo, despu\u00e9s del tirabuz\u00f3n y \u00e9l pensaba en las balas que deber\u00edan estar saltando. Y le volv\u00edan a dar la orden:<br>-Fontanares.<br>Y disparaba Particulares. Alguna vez, pens\u00f3, incluso, en un enga\u00f1o total; no hay paquetes; los repartidores y los clientes son los mismos, ellos y sus subordinados: cambian las voces, vienen, tiran los veinte pesos, dos de vuelto se\u00f1or pero se lo dijo a los pasos que se alejaban por la vereda, que ahora quiz\u00e1 est\u00e1n subiendo por la escalera del hospital y el ruido de los pasos crec\u00eda golpeando contra mi cara, brutalmente, como aquella vez, sobre la plaza, cuando la negra cruz termin\u00f3 de arrastrarse y \u00e9l apret\u00f3 el gatillo, decididamente, sobre la multitud que se amontonaba rodeando la Pir\u00e1mide de Mayo, ensuci\u00e1ndola con sus gritos, haci\u00e9ndole ver de qu\u00e9 modo era necesario que \u00e9l salvara el prestigio, limpiando la patria de carro\u00f1as como todos esos tipos, \u00e9se de overol, por ejemplo, que acababa de pasar hacia atr\u00e1s, all\u00e1 abajo, con una mueca desesperada, apret\u00e1ndose el pecho con las manos, seguramente cayendo mientras \u00e9l segu\u00eda aferrado a la ametralladora, manejando los comandos con una fr\u00eda sed de justicia que lo hace dar otra vez, reducir la velocidad, virar un poco y perseguir por Avenida de Mayo, como un p\u00e1jaro de paseo, a ese grupo de gente aterrorizada, a esos gallinas que huyen in\u00fatilmente porque ah\u00ed est\u00e1 \u00e9l, apunt\u00e1ndoles desde arriba, haci\u00e9ndolos, despatarrarse con un gesto inconcluso, c\u00f3mico, de todo el cuerpo, mientras seguramente maldicen pero ya no tienen ganas de protestar contra nadie, de defender ning\u00fan r\u00e9gimen, y caen, mientras \u00e9l aprieta el gatillo y entonces la ametralladora fall\u00f3 y las esquirlas del instrumento roto saltaron hacia atr\u00e1s, brutalmente, y \u00e9l no obstante pudo dominar el avi\u00f3n, bajar en Punta Indio o en el Uruguay, no me acuerdo, moviendo los mandos autom\u00e1ticamente, mientras todo se iba poniendo cada vez m\u00e1s oscuro y \u00e9l segu\u00eda pensando, descubr\u00eda en ese instante que le iban a dar la medalla, que iba a salir en los diarios, en la foto que vio (que \u00e9l no hubiese querido que viera) Cristina, sacada desde un edificio alto, heroicamente, mientras \u00e9l todav\u00eda estaba sobre la plaza y el cuerpo \u00fanico de la gente se desgarraba, all\u00e1 abajo.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color\" style=\"color:#a50707\">Este cuento forma parte del libro <strong>Las hamacas voladoras<\/strong> (1964).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color\" style=\"color:#a50707\"><strong>Miguel Briante<\/strong> fue escritor, periodista y guionista argentino. Naci\u00f3 el 19 de mayo de 1944 en la ciudad de General Belgrano, provincia de Buenos Aires. A los diecisiete a\u00f1os gan\u00f3 el Primer Premio del Concurso de Cuentistas Americanos con su relato Kinc\u00f3n. Entre sus obras se destacan los libros de cuentos Las hamacas voladoras (1964), Hombre en la orilla (1968), Ley de juego (1983) y la novela Kinc\u00f3n, publicada originariamente el a\u00f1o 1975 y reeditada con modificaciones en 1995. Fue cr\u00edtico y editor de la secci\u00f3n de artes pl\u00e1sticas del diario P\u00e1gina\/12, desde 1987 hasta su muerte.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La fueron haciendo de a poco: trabajaron -sinti\u00f3- como bestias. Apenas pudo imaginar sus cuerpos lentos, uniformados. O a lo mejor se quitaron el uniforme. Pero oy\u00f3 los golpes: repetidos, repetidos, constantes contra la madera. Contra mi cara. 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