{"id":802,"date":"2022-02-06T14:13:52","date_gmt":"2022-02-06T17:13:52","guid":{"rendered":"http:\/\/trumanmag.com\/?p=802"},"modified":"2022-02-06T14:13:52","modified_gmt":"2022-02-06T17:13:52","slug":"soldadito","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/2022\/02\/06\/soldadito\/","title":{"rendered":"Soldadito"},"content":{"rendered":"\n<p>Es bueno que no haga fr\u00edo. Son pocos los que en el barrio tienen con qu\u00e9 calentarse. El sol sin pedir permiso entra, se mete por los resquicios que deja la cortina que hace las veces de puerta. Tira leng\u00fcetazos calentitos que la due\u00f1a de la casilla agradece al cielo. Aprovecha para pasar una vieja escoba por el suelo de tierra que de tanto limpiarlo est\u00e1 lustroso, parece cer\u00e1mico. Mucho mejor que cualquiera de los pisos de los vecinos. No es que ella ande chusmeando la vida de los dem\u00e1s. Porque es lo que menos le interesa. Si lo sabe es porque cada visita que recibe se lo se\u00f1ala. Se lo comenta. Se siente orgullosa de que se lo digan y hace todos los m\u00e9ritos para continuar manteniendo su reputaci\u00f3n en lo m\u00e1s alto. Por lo general tambi\u00e9n el aroma que hay dentro de su casa es el mejor de aquellos lados. Se las rebusca y siempre tiene aunque m\u00e1s no sea unas gotitas de perfumina para esparcir por el aire. En especial para los d\u00edas h\u00famedos o los de viento norte que traen tanto olor a pudrici\u00f3n. La pudrici\u00f3n que viene del r\u00edo. O de la \u201cvilla la esmeralda\u201d, la peor y m\u00e1s peligrosa del mundo, como la catalogan no solo sus propios habitantes sino tambi\u00e9n aquellos periodistas que se atreven a realizar documentales por la zona.<br>La due\u00f1a de la casa del centro, d\u00f3nde trabaja, la ha autorizado a que se lleve los elementos de limpieza e higiene cuando ya casi no les queda nada dentro del recipiente. Es normal verla entrar por las callecitas del asentamiento portando bolsas de pl\u00e1stico, trayendo desodorantes, cremas, l\u00edquidos para limpiar de afamadas marcas extranjeras que a ella le cuesta pronunciar y recordar. Dentro de su \u00fanica habitaci\u00f3n conviven en la pasiva tranquilidad de las cosas inertes los frascos de Dior, los cuales rebaja con agua hasta dejarlos llenos, con las botellas de salsa de tomate compradas a granel o sueltas en alguna feria. Los objetos est\u00e1n prolijamente acomodados. Se tocan en algunos casos. Se miran. Se estudian por siempre sin decirse nada. Aguardan ser elegidos y serle \u00fatil a su due\u00f1a. Un silencio eterno los envuelve. Los separa. De manera inexplicable, cada tanto, alguno de los Dior se deja caer de la repisa y se estrella contra el suelo. Si tiene suerte el suicida se destroza con el golpe y es desechado. Si no la tiene, la due\u00f1a los pega con cinta de embalar marr\u00f3n y los vuelve a su lugar. Para que purguen la verg\u00fcenza de haber hecho lo que hicieron delante de todos sus compa\u00f1eros. En el fondo, los Dior, prefieren estar con los Dior y no con las botellas de salsa de tomate.<br>Los perros dejan de ladrar por un momento. No los registraba hasta que dejaron de hacer bochinche. Se escucha un sonido similar al que dejan las chicharras cuando terminan de cantar. Eso significa que alguien ha entrado por el final del callej\u00f3n. Los animales encienden las se\u00f1ales de alerta. Se ponen vigilantes. De ser necesario van a atacar. Tienen hambre al igual que la mayor\u00eda de sus due\u00f1os. Sue\u00f1an con ser leones para poder matar lo que sea, alimentarse y llevar comida a sus cachorros. Husmean el aire viciado y con decepci\u00f3n detectan que el que se est\u00e1 acercando es un conocido. Descartan el ataque. Son seres leales que nunca morder\u00edan la mano de quien alguna vez lo aliment\u00f3 o los acarici\u00f3. Vuelven a los ladridos. El ladrido que les hacen a los bienvenidos.<br>Marisa los advierte, conoce como ninguna aquellos alaridos de alegr\u00eda. Apresura sus movimientos. Sabe que de un momento a otro \u00e9l va a entrar. Se peina un poco con los dedos. Repasa la mesa con un trapo viejo y deshilachado. Deja un vasito con una flor de pl\u00e1stico en el medio. Lo contempla. Decide que no est\u00e1 justamente en el medio y lo mueve imperceptiblemente hacia uno de los lados. Respira hondo unas cuantas veces. No tiene miedo. Por qu\u00e9 habr\u00eda de tenerlo. En cambio se siente tensa. Su mirada lo debe dejar traslucir, aunque ella preferir\u00eda que no se le notase. Da una \u00faltima pasada de escoba delante de la entrada y rompe el caminito de hormigas que transporta peque\u00f1as miguitas de algo que se nota comestible. Le parece raro, si all\u00ed no hay nada qu\u00e9 comer. Se sonroja al darse cuenta de que se est\u00e1 comparando con una hormiga y que ella trata de no comer cualquier cosa como aquellos insectos repugnantes. Por esa fracci\u00f3n de segundos se olvida que est\u00e1 esperando a alguien y su ritmo card\u00edaco desciende a niveles normales. Cuando deja la escoba en su lugar vuelve a tensionarse. Pasan algunos instantes. Los suficientes para que ella comience a pensar que se ha tratado de una falsa alarma. La tensi\u00f3n recrudece en la pelea que se desata en el seno de su ser. Lo aguarda con locura. De todas formas las ganas de que aparezca y que no aparezca son iguales. Su esp\u00edritu atormentado la vuelve a agitar. La cortina se descorre de un tir\u00f3n. Puntual, como siempre, el Luis ha llegado. No tengo miedo, repite mentalmente.<br>Se miran en silencio. La madre agradece al cielo los ojos cristalinos que le devuelve su hijo. En su mirada lo blanco es blanco y lo negro es negro. Porque hered\u00f3 aquella caracter\u00edstica de su padre, la que Marisa en alg\u00fan momento de su existencia tanto am\u00f3. Tiene ganas de preguntarle de d\u00f3nde viene. C\u00f3mo est\u00e1. Pero no le sale. No puede. Algo se lo impide. De todas formas si le pudiera realizar una pregunta de \u00edndole personal le preguntar\u00eda por qu\u00e9 no se r\u00ede. Los chicos de la edad de \u00e9l lo hacen de manera constante. Pero el Luis es diferente, o eso parece, no puede recordar la \u00faltima vez que lo vio con cara de felicidad. Se culpa todos los d\u00edas por eso sin lograr encontrar una soluci\u00f3n. Va a utilizar todas sus fuerzas y artima\u00f1as para poder cambiar la realidad que tanto la preocupa.<br>-Esperame que te tengo una sorpresita.<br>Pensaba entregarle el objeto sin hablar, pero las palabras le brotaron del alma. Hubiese sido una l\u00e1stima que se le fuera como algunas de las veces anteriores, que en cuanto la ve\u00eda se paralizaba, como quien ve un fantasma y se retiraba de la casilla sin previo aviso. Aquellas visitas eran tan cortas e inesperadas que Marisa quedaba tan consternada que no pod\u00eda determinar si acababa de vivir una alucinaci\u00f3n o un hecho de la vida real.<br>En esta oportunidad el Luis aguarda manso. Parado sin pesta\u00f1ear. A simple vista no se puede determinar si respira. Lo m\u00e1s conveniente ser\u00eda realizarle un examen m\u00e9dico para estar seguros. En aquellos lados no hay obra social ni hospitales que los quieran atender, nadie est\u00e1 al tanto de lo que significan los chequeos o las consultas a los doctores. Por regla general al m\u00e9dico solo se va a morir. Es casi una provocaci\u00f3n regresar vivo luego del paso por una guardia m\u00e9dica, salvo que te traigas, como prueba de valor, una cicatriz que valga la pena.<br>La madre se mueve presurosa. Le da la espalda unos segundos y simula tratar de encontrar algo que sabe bien d\u00f3nde est\u00e1. Tampoco puede estar muy lejos. Las dimensiones del lugar en el que se encuentran no lo permite. La habitaci\u00f3n con toda la furia podr\u00e1 llegar a los nueve metros cuadrados. Corre la cobija que en lugar de esconder una almohada en el lugar de la cabecera de lo que hace las veces de cama, esconde una caja. Nueva. Flamante. Tiene en sus costados las inconfundibles tres tiras de la marca Adidas. Se la estira al Luis que la abre de inmediato. Al sacarle la tapa el olor a cuero nuevo invade por un momento el ambiente. Solo un momento porque luego es derrotado por los olores comunes del barrio.<br>-Feliz cumplea\u00f1os, hijo.<br>Lo abraza sin pensar mucho en lo que hace. Lo siente fr\u00edo, arisco. Hecho un hombre, un hombre viejo, aunque est\u00e9 cumpliendo 12. El festejado la aparta con un movimiento tan sutil como irrefutable, un movimiento que realizado con m\u00e1s violencia bien debe servir en una pelea callejera.<br>Marisa deja que observe el obsequio con detenimiento. Le mira el semblante. Ya ni se sorprende de que tampoco aquella circunstancia le haya sacado una sonrisa. Se pierde pensando los viajes a la casa de la se\u00f1ora que le cost\u00f3 llegar a poder comprar los botines. Hace meses enteros que parte de lo que le pagan semanalmente por limpiar el departamento del centro, lo mete en un frasco que tiene escondido en un rinc\u00f3n que ni en sue\u00f1os se anima a develar. No se reprocha por el sacrificio que tuvo que hacer. Se reprocha por no poder hacer re\u00edr a su hijo.<br>Luego de un corto debate que se entabla entre los dos, el cual visto desde afuera parecer\u00eda el de cualquier madre con su hijo preadolescente, la mam\u00e1 lo autoriza a que lleve los botines al potrero. Se entusiasma cuando ve que le quedan perfectos. Tal cual ella lo esperaba.<br>-Anda, llenalos de goles- lo alienta.<br>Sabe que en algunos casos el f\u00fatbol salva. Encausa. Hace ricos y famosos a chicos que ten\u00edan destino de muerte joven y temprana. Mueve los labios sin que se le escape un sonido. Reza. Porque desde hace un tiempo ha empezado a rezar.<br>El pibe la mira pasmado. Desde lo m\u00e1s lejos de su existencia. La madre siente como si no la conociera, como si fuera la primera vez que la ve. A tal punto llega su confusi\u00f3n que no alcanza a saber si su hijo entiende que el d\u00eda de hoy es su cumplea\u00f1os.<br>Lo mira irse. Mantiene la esperanza de que vuelva a despedirse antes de perderse vaya a saber uno d\u00f3nde. Se sienta a descansar. Se da cuenta de que est\u00e1 agotada. La visita fue de solo unos momentos que, ahora reflexionando, a ella le parece que transcurrieron en siglos y no en minutos. Acomoda un poco el hule transparente y agujereado para que caiga m\u00e1s o menos de la misma forma a cada costado de la mesa. Trata de controlar el temblequeo que le qued\u00f3 en las piernas. Como no lo logra se pone a hacer otras cosas. Para distraerse enciende la tele. Est\u00e1n dando una novela turca. La mira con admiraci\u00f3n. Le gustar\u00eda ser una de esas princesas adineradas. Entra en una especie de ensue\u00f1o. La mirada cautiva en el vidrio engrasado de la tele. En un pesta\u00f1eo el tiempo se le va o eso le parece. Nunca entendi\u00f3 muy bien qu\u00e9 es el tiempo. Cuando se enrosca mucho en sus pensamientos los ahuyenta y se dice a si misma que el tiempo no es nada. Aunque en el fondo le teme. Porque aunque podamos convenir que es solo una construcci\u00f3n humana, ella ha detectado que el tiempo es malo. Malo en si mismo. Te va secando de adentro hacia fuera. Te degrada y carcome. Y lo peor de todo es que no pasa. No pasa nunca.<br>Todo result\u00f3 tan r\u00e1pido e inesperado que ni los perros de la cuadra alcanzaron a alertarla.<br>Como una tromba lo ve entrar al Luis. No lo ve a la velocidad que lo hace realmente. Ella lo percibe en c\u00e1mara lenta. All\u00ed se le vuelven a cruzar sus contrariedades con respecto al accionar del tiempo. Pero ahora no lo tiene para andar haciendo muchas reflexiones. El sonido de lo que \u00e9l le dice tambi\u00e9n le llega mal. No sabe si es por su culpa. Lo cierto es que no le entiende nada de lo que le dice. Trata de enfocarle los ojos con su mirada. No lo logra hacer del todo. Lo poco que ve le da la pauta de que la mirada de su hijo ya no es cristalina como la anterior, la del primer encuentro.<br>-\u00a1\u00a1\u00a1La plata!!! \u00a1\u00a1\u00a1Dame la plata!!!<br>A esto s\u00ed lo entiende bien.<br>Es la escena repetida del \u00faltimo a\u00f1o y medio. Desde que falta el padre. Desde que el Luis se fue de la casa y no quiere decir d\u00f3nde est\u00e1 viviendo. A lo mejor no lo dice porque su mam\u00e1 no se lo pregunta. A \u00e9l le encantar\u00eda que su mam\u00e1 se interesara en sus asuntos. Pero se ve que a ella no le importa nada de lo que le ocurre. Est\u00e1 loca si se cree que con unos botines truchos de mierda lo va a dejar contento. Lo que necesita el Luis es otra cosa.<br>Trata de calmarlo. De tranquilizarlo. Abre los brazos. Intenta abrazarlo por primera vez en mucho tiempo, su hijo no lo deber\u00eda tomar a mal, hoy es su cumplea\u00f1os- piensa mientras realiza el movimiento-.<br>El chico se le va encima y los dos caen sobre el colch\u00f3n en el que duerme Marisa. El golpe se amortigua un poco. La mujer gime cuando recibe las primeras trompadas en el est\u00f3mago. Las fuerzas del agresor se terminan r\u00e1pido. La madre lo cubre con amor. Las l\u00e1grimas de drogas caen por las mejillas del nene que se va empeque\u00f1eciendo. Ella comienza a verlo como cuando aun le daba la teta. Lo acuna hasta que se duerme. La intranquiliza la taquicardia que tiene. Le acomoda la cabeza sobre la almohada y lo deja descansar. Comienza a pensar en la posibilidad de volver a intentar hablar con las psic\u00f3logas de la municipalidad para que la ayuden. Sabe que siempre est\u00e1n de paro o est\u00e1n en otra oficina. A ella se le complica ir por el tema de su trabajo y al final nadie la atiende. Tiene miedo de que la echen de la casa de la Se\u00f1ora y no poder darle, nunca m\u00e1s, plata al Luis.<br>Lo ve respirar agitado. Se incorpora y nota lo fresco que se ha puesto. Le tapa los pies descalzos con una frazada.<br>Agarra una escoba y comienza a barrer el desorden. Sue\u00f1a que la pr\u00f3xima vez que el Luis venga a visitarlo la cosa salga mejor.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color\" style=\"color:#af0303\"><strong>Sergio Fitte<\/strong> naci\u00f3 en 1975 y est\u00e1 radicado actualmente en la ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires. Dirigi\u00f3 talleres literarios en La Plata y en las Unidades Penitenciarias de Gorina y Magdalena mientras vivi\u00f3 en la capital provincial. Es autor de \u201cSe\u00f1or Canario\u201d (La Quimera Ediciones 2001); \u201cA no chillar\u201d (Editorial Corregidor 2003, Libro destacado por Gabriel Ba\u00f1ez en el suplemento literario del diario El D\u00eda<br>de La Plata); \u201cDios con lapicera\u201d (Editorial Corregidor 2005, Pr\u00f3logo de Esteban L\u00f3pez Brusa); Proyecto de difusi\u00f3n (Editorial Simurg 2006); \u201cProst\u00edbulo\u201d (Editorial Simurg 2009); Institucionalizaciones (Ediciones El Broche, La Plata 2012); Desahogo (Prosa Editores 2016); Las cosas que le pasan a los Otros (Editorial Lee 2017); Nadie Nace Virgen (Wolkowicz Editores 2017). Discriminaciones (Zeta Centuria Editores 2021).<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Es bueno que no haga fr\u00edo. Son pocos los que en el barrio tienen con qu\u00e9 calentarse. El sol sin pedir permiso entra, se mete por los resquicios que deja la cortina que hace las veces de puerta. 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