{"id":1317,"date":"2023-10-03T14:22:50","date_gmt":"2023-10-03T17:22:50","guid":{"rendered":"https:\/\/trumanmag.com\/?p=1317"},"modified":"2023-10-03T14:24:34","modified_gmt":"2023-10-03T17:24:34","slug":"caparazon","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/2023\/10\/03\/caparazon\/","title":{"rendered":"Caparaz\u00f3n"},"content":{"rendered":"\n<p>Una tarde en su casa, mi viejo empieza a contarme sobre la vez que encontramos unas tortugas a ochenta o cien kil\u00f3metros del \u00faltimo balneario que exist\u00eda. \u00cdbamos \u00e9l, mam\u00e1 y yo, que no ten\u00eda m\u00e1s de tres a\u00f1os. Mis recuerdos de esa \u00e9poca est\u00e1n armados sobre sus historias; son lo \u00fanico que me queda de mi madre. Con el tiempo lo fui entendiendo: vienen recortadas de una matriz enorme que tiene la forma de mi rostro y del rostro de mi viejo y sobre todo del gran rostro inabarcable de mi madre. Nunca cabr\u00edan en una sola narraci\u00f3n de corrido. Cuanto m\u00e1s se entrecruzan las historias de mi viejo, m\u00e1s grande se hace la pila de cosas que s\u00e9 que nunca voy a llegar a aprehender. A m\u00ed, sus relatos siempre me dejan pensando en p\u00e1jaros. P\u00e1jaros cada vez m\u00e1s dif\u00edciles de agarrar.<\/p>\n\n\n\n<p>En todo caso, esa tarde paso a visitar a mi viejo y lo encuentro un poco abatido, como si hubiera perdido todo en las carreras. \u00c9l sonr\u00ede pero es mentira, hace lo posible por disimular que estaba lidiando con algo, por reducirme a invitado. Me ofrece caf\u00e9, t\u00e9, me distrae pregunt\u00e1ndome sobre mis cosas, como si no nos hubi\u00e9ramos visto en semanas. Su pesadumbre flota en el aire. Las palabras, nuestros intentos de conversaci\u00f3n, no consiguen sostenerse por m\u00e1s de un minuto en un aire tan cargado. Le digo que tal vez no deber\u00eda haberlo visitado sin avisar. Me hac\u00e9s acordar mucho a tu madre, me dice de golpe. Sonr\u00ede, como de un chiste que le causa algo de tristeza recordar. Me responde que hoy es una especie de aniversario y contin\u00faa callado, pensando. Trato de entender si en esto estaba pensando \u00e9l. No pod\u00eda estar quieta nunca, sigue diciendo, ella siempre estaba en estado de acci\u00f3n, y uno o dos minutos despu\u00e9s me pregunta si me acuerdo de las tortugas en la playa. Yo le digo que no, y me empiezo a sentir un poco inquieto, con la sensaci\u00f3n vaga de que la tarde podr\u00eda terminar mal.<\/p>\n\n\n\n<p>Encontramos la primera tortuga a ochenta kil\u00f3metros del \u00faltimo balneario. Ah\u00ed, la playa se convert\u00eda en un desierto. \u00cdbamos con Natalia y vos ten\u00edas dos a\u00f1os, tres a lo sumo, a ver el barco hundido, un pesquero encallado que sobresal\u00eda de la arena como las costillas de un esqueleto gigante. Vos eras tan chiquito al lado de semejantes huesos, no sab\u00e9s. La radio pescaba cada vez menos m\u00fasica y m\u00e1s est\u00e1tica y apenas empezamos el viaje Natalia me pidi\u00f3 que la apagara. El silencio termin\u00f3 resultando mucho mejor.<\/p>\n\n\n\n<p>Natalia era una aventurera, empieza. La conoc\u00ed primero de muy chica, y despu\u00e9s las cosas nos volvieron a juntar cuando vos ya estabas, y te digo que no hab\u00eda cambiado ni un poco. Ella estaba siempre detr\u00e1s de estas expediciones, era el cerebro que las organizaba. Sab\u00eda manejar en arena como nadie, mucho mejor que yo. Le hab\u00eda ense\u00f1ado tu abuelo, que a su vez hab\u00eda aprendido en la Marina. Ten\u00e9 en cuenta que en esa \u00e9poca solamente ten\u00edamos jeeps mec\u00e1nicos, sin electr\u00f3nica. O \u00e9ramos unos inconscientes. Pero hab\u00eda que sacar coraje de adentro para mandarse ochenta o cien kil\u00f3metros playa adentro. Por eso era el desierto. En ese tiempo nadie te iba a ir a rescatar a ninguna parte y te pod\u00eda pasar cualquier cosa si te encontraban ah\u00ed, y la aventura era, en el fondo, eso mismo, lo que a ella la llamaba. Como sirenas. Natalia escuchaba sin ninguna capacidad de resistir, se dejaba llamar. La aventura era lo de ella; yo creo que por no poder tener hijos era diferente. Estar, vivir con Natalia, ten\u00eda algo de este llamado tambi\u00e9n.<\/p>\n\n\n\n<p>Era marzo, pero un marzo perdido, m\u00e1s riguroso, un marzo de los setenta, otra \u00e9poca completamente: ya hac\u00eda fr\u00edo, y la playa entera hab\u00eda quedado fuera de temporada. Cuando dejabas el \u00faltimo balneario atr\u00e1s y cruzabas del otro lado donde ya no hab\u00eda nada, se formaba un silencio a tu alrededor, por encima del ruido del motor y de la vibraci\u00f3n de la cabina entera en tu organismo. \u00cdbamos callados, por el medio de una catedral de arena, sin presencia humana, sinti\u00e9ndonos vigilados desde todas las direcciones. Ve\u00edamos el mar de un lado y los m\u00e9danos del otro, m\u00e9danos que eran cada vez m\u00e1s altos, y pasaban, y nosotros nos tom\u00e1bamos todo cada vez m\u00e1s en serio, como en un trance, entrando a donde desaparece el mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Descubrimos la primera tortuga casi sobre el horizonte. Yo pensaba en toda clase de cosas y Natalia manejaba y tal vez tambi\u00e9n pensaba y vos mirabas por la ventanilla. A nadie se le ocurr\u00eda c\u00f3mo romper el silencio. Lo que yo iba pensando era que la playa, \u00fanicamente para m\u00ed, en aquel momento, era una autopista terminal, perfectamente desintegrada y olvidada para siempre despu\u00e9s de alguna hecatombe at\u00f3mica. Que \u00edbamos en el \u00faltimo jeep del planeta, tres desconocidos. Era como si por primera vez en mucho tiempo los tres nos encontr\u00e1ramos en un territorio en com\u00fan, neutral, al menos a cien kil\u00f3metros de las \u00faltimas ciudades, lejos del odio, como fantasmas, para empezar a conocernos mejor. Cada tanto nos cruz\u00e1bamos con alg\u00fan tronco blanco como un hueso, pulido por la marea, o con una secci\u00f3n de cerco abandonada a su suerte, el alambre de p\u00faas corro\u00eddo por el viento. Todo lo que nuestro mundo se empe\u00f1aba en hacer desaparecer terminaba ah\u00ed. Y nosotros mismos, en un lugar como ese, no \u00e9ramos m\u00e1s que fantasmas sin la menor importancia. Las gaviotas levantaban vuelo frente al jeep y despu\u00e9s de que pas\u00e1ramos descend\u00edan en el mismo lugar para seguir su conversaci\u00f3n, o se manten\u00edan en el aire, pero nunca llegaban a acompa\u00f1arnos por m\u00e1s de unos segundos. No s\u00e9 si ser\u00e1 verdad que persiguen a los barcos, pero de nosotros m\u00e1s bien se alejaban. \u00c9ramos fantasmas, te digo, y el corredor no ten\u00eda fin. Se extend\u00eda dentro de la nada. Ese mundo no ten\u00eda nada para dar. Un mundo mineral, nulo, prehist\u00f3rico, sin alianzas y sin ninguna opini\u00f3n sobre ning\u00fan asunto. Tambi\u00e9n iba pensando en trilobites, en el origen de los seres, en la extinci\u00f3n de toda vida, con total seriedad. Es la clase de pensamientos que provocan sitios como ese. Habr\u00eda preferido pensar en otras cosas, pero mi imaginaci\u00f3n se inclinaba hacia esos asuntos sin que yo tuviera control. Entonces Natalia se\u00f1al\u00f3 al parabrisas, por encima del volante. Qu\u00e9 es eso de all\u00e1, dijo. Pens\u00e9 que se refer\u00eda a algo en el vidrio. Estaba ro\u00f1oso. Reci\u00e9n despu\u00e9s enfoqu\u00e9 la vista en el horizonte. Al principio no vi nada. Luego s\u00ed. No era m\u00e1s que una mancha. Ah\u00ed hay algo, dijo Natalia un poco sobresaltada. Y me acuerdo que vos no protestabas pero quer\u00edas pasarte al asiento de adelante, estirabas los bracitos. Yo me ocupaba de alzarte hasta mi falda, a ver si me dejabas. Todav\u00eda vos y yo no nos conoc\u00edamos tanto. Lo ve\u00edamos venir, ese bulto, lento hacia nosotros. Y no dec\u00edamos ni m\u00fa. A ese silencio no lo pod\u00edamos romper. Los m\u00e9danos son el desierto, \u00bfsab\u00e9s? Cuando los ves, te das cuenta. Y despu\u00e9s de un rato te afectan. Primero nos pareci\u00f3 alguna clase de roca, y despu\u00e9s una lona verde endurecida por la sal. Frenamos a unos metros. Saltamos a la arena, y apenas te dej\u00e9 pisarla te quedaste mirando la tortuga.<\/p>\n\n\n\n<p>La tortuga, la primera que encontramos en esa expedici\u00f3n, estaba varada en el medio de la playa, m\u00e1s o menos a veinte metros de la costa. Muerta. M\u00e1s que muerta. Pero las gaviotas no se le acercaban. Chillaban lejos, agrupadas en la arena mojada, y sal\u00edan volando cada vez que el \u00faltimo envi\u00f3n de una ola trataba de atraparlas por las patas. Natalia oli\u00f3 el aire como si me preguntara, \u00bfte diste cuenta?, no larga olor a podrido. Deb\u00eda ser por la direcci\u00f3n del viento. Hab\u00eda un vaho, tenue, pero no pod\u00eda decir que eso constituyera un olor. M\u00e1s como la pista de un olor. El di\u00e1metro de la tortuga era de casi dos metros. Sus patas y su cabeza hab\u00edan quedado extendidas fuera del caparaz\u00f3n: parec\u00edan bolsas de cuero blando llenas de monedas o arena mojada. Lo que m\u00e1s me llamaba la atenci\u00f3n era el caparaz\u00f3n mismo. Mir\u00e1, le se\u00f1al\u00e9 a Natalia, que estaba del lado de la cabeza. El caparaz\u00f3n, semiblando, estaba hundido en el centro. Parec\u00eda desinflado. Tal vez as\u00ed les llegaba la muerte a las tortugas de mar: el caparaz\u00f3n se les desinflaba.<br>Caminamos a su alrededor sin hacer ning\u00fan comentario, solamente observ\u00e1ndola, dej\u00e1ndonos asombrar en silencio. El mar dejaba muchos mensajes como esos en las playas, noticias de lo que estaba pasando en ese otro lado del que no sab\u00edamos casi nada a pesar de toda la ciencia del mundo. Eran, aparec\u00edan, y punto. Nadie los explicaba. La tortuga era una mole extra\u00f1a, expulsada de su entorno. Algo la hab\u00eda llevado a salir del mar y arrastrarse hasta donde est\u00e1bamos. Tal vez un instinto, o un peligro, o un cometido. No hab\u00eda manera de saber nada. La criatura hab\u00eda salido de lo profundo persiguiendo algo, o siendo perseguida, o en una de esas el mar mismo la hab\u00eda entregado.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo primero que hice fue golpear sobre el caparaz\u00f3n como si llamara dos o tres veces sobre una puerta, para probar su resistencia, pero la \u00fanica respuesta que se produjo fue un sonido opaco, sin la vibraci\u00f3n n\u00edtida y m\u00e1s bien como de madera que esperaba. No ten\u00eda nada que ver con los caparazones huesudos de las tortugas de tierra. Este era de una materia no del todo s\u00f3lida, como una capa gruesa de cuero que hubiera absorbido demasiada agua. El cuero se replegaba sobre una serie de agujeritos en el lomo. Por la presi\u00f3n, ya no eran redondos: parec\u00edan ojales, cicatrices, ojos de chinos. Los agujeros formaban varias l\u00edneas que se cruzaban entre s\u00ed. Eran balas, por supuesto. R\u00e1fagas de ametralladora. Me ol\u00ed el dorso de las falanges, en el punto donde los dedos hab\u00edan hecho toc toc. Algo profundamente podrido hab\u00eda quedado capturado en ellos. Natalia me hizo se\u00f1as para que rodeara la tortuga hasta ella y se agach\u00f3 frente a la cabeza. Hice lo mismo a su lado, y entonces vi algo que no habr\u00eda querido ver y reaccion\u00e9 saltando hacia atr\u00e1s. Ten\u00eda la mitad de la cara arrancada, la tortuga. La parte expuesta del cr\u00e1neo estaba rota como de un piedrazo o una dentellada. Tu madre me mir\u00f3 pero no dijo nada. No ten\u00eda palabras. Parec\u00eda muy seria frente a la tortuga con la mitad de la cabeza arrancada y el caparaz\u00f3n ametrallado por qui\u00e9n sabe qu\u00e9 clase de violencia aterradora. Est\u00e1bamos en medio de una pel\u00edcula de terror. Y punto. Natalia empez\u00f3 a llorar. Lloraba en serio.<\/p>\n\n\n\n<p>Te sosten\u00eda con fuerza, ella, y se mov\u00eda como si tuviera fr\u00edo y temblara, con un hipo atr\u00e1s del otro, todo a la vez, y yo no pod\u00eda dejar de decirme tantas cosas que ni ella ni vos alcanzaban a o\u00edr por el viento. Vos tratabas de liberarte para tocar la tortuga, pero Natalia te dec\u00eda que dejaras ese bicho de mierda, te dec\u00eda que estaba podrida, podrida, podrida, y te apretaba m\u00e1s fuerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Por un buen rato ustedes se quedaron as\u00ed, y mucho despu\u00e9s te dej\u00f3 ir y se levant\u00f3 y no dijimos nada m\u00e1s. Cuando ya no soport\u00e1bamos seguir frente a la tortuga, nos quedamos viendo hacia el interior del largo pa\u00eds de dunas, gui\u00f1ando los ojos contra el sol de frente, por si distingu\u00edamos algo movi\u00e9ndose entre el viento que levantaba en rulos la arena de la superficie. Permanecimos as\u00ed un rato largu\u00edsimo, vos a upa de ella, como si una aclaraci\u00f3n nos fuera a venir rodando desde all\u00e1 de un momento al otro. No pod\u00edamos ponerle un nombre a esa contestaci\u00f3n que esper\u00e1bamos, y el sol ya estaba empezando a bajar. No \u00edbamos a recibir nada m\u00e1s de ese lugar, era claro, y nos dejamos absorber de a poco por lo que ve\u00edamos, por la lenta desaparici\u00f3n de la temperatura y la llegada de las sombras. En alg\u00fan momento pens\u00e9 que en ese territorio el silencio era algo mucho m\u00e1s complejo que el acto de quedarse callado.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay otra, dijo Natalia de golpe, despertando, abruptamente convencida. Su voz nos sobresalt\u00f3 y la miramos. Ya no soportaba seguir ah\u00ed y necesitaba de una voluntad externa para levantar una pierna y empezar a huir de ese lugar. Tiene que haber otra, sigui\u00f3. M\u00e1s lejos. M\u00e1s a\u00fan: le pareci\u00f3 que podr\u00edamos encontrarla. Vamos, te dijo ella, hay que buscarla, hay que buscar bien, con los ojos bien abiertos. Vos empezaste a entender que nos \u00edbamos y lloraste un poco. Vamos a encontrar una mucho m\u00e1s grande. Te pusiste contento de golpe, con la cara toda mojada. Esta vez me sub\u00ed del lado del conductor. En cuanto arranqu\u00e9, ella organiz\u00f3 las tareas. Vos fijate al frente, yo voy barriendo los costados, por si esta vez no est\u00e1 tan a la vista, ojo con los pozos.<\/p>\n\n\n\n<p>Encontramos la segunda tortuga un par de minutos despu\u00e9s, camino al horizonte, cuando quedaba luz para apenas veinte o treinta minutos m\u00e1s de d\u00eda y el od\u00f3metro ya no pod\u00eda leerse. Natalia hab\u00eda tenido raz\u00f3n en todo. Esta tortuga era incluso m\u00e1s grande que la anterior. Estaba un poco m\u00e1s lejos de la costa, pero tan muerta como la otra. Nada tampoco explicaba lo que la segunda tortuga hac\u00eda ah\u00ed. De donde fuera que hubiera venido, no hab\u00edan quedado huellas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ten\u00eda el caparaz\u00f3n arrancado. Sin su cubierta, pod\u00edamos verle perfectamente el relleno desde el jeep. Parec\u00eda una cazuela llena de basura. Apagu\u00e9 el motor para matar la vibraci\u00f3n y el ruido y nos dedicamos a mirar en silencio. Las entra\u00f1as parec\u00edan exactamente bolsas o trapos viejos y rotos, sucios bajo una costra de arena, enroscados alrededor de una manguera gorda que iba del cuello al rabo en l\u00ednea recta. No bajen, nos pidi\u00f3 ella, y la miramos desde el jeep silenciado. El viento era pr\u00e1cticamente el \u00fanico comentario en toda la extensi\u00f3n de la playa. Por adentro, vi que la tortuga estaba llena de huevitos de este tama\u00f1o, marrones de arena, todos desparramados. Parec\u00edan fabricados de un material parecido al c\u00f3ntac pero eran reales y ya no serv\u00edan. Qu\u00e9dense ac\u00e1 un momento, repiti\u00f3 tu mam\u00e1. Me gustar\u00eda ir sola. Esta vez s\u00ed baj\u00f3. A trav\u00e9s del parabrisas ro\u00f1oso, la vimos como del lado seco de una pecera. El viento se hab\u00eda levantado y deb\u00eda picar en la piel, me imagino; los fragmentos de arena golpeaban continuamente como metralla contra la chapa del jeep. Nunca me hab\u00eda dado una imagen de estar tan sola, Natalia, as\u00ed abrazada a s\u00ed misma de lateral al viento, frente a esa cosa muerta que quer\u00eda visitar sola. Estuvo un rato largo all\u00e1 fuera. Se apretaba la boca con toda la mano, tal vez por el olor, porque esta vez no se corri\u00f3 del viento. Cada tanto echaba una mirada hacia arriba, a esa masa violeta que estaba a punto de ser la noche, y a veces hacia atr\u00e1s, por encima de su espalda, al mar, a todo ese mar que nada le dec\u00eda y que cada vez se nos hac\u00eda m\u00e1s negro. Vos te estabas poniendo medio triste, con tu mam\u00e1 ah\u00ed afuera, y ella iba envuelta en el viento: el pelo, el vestido, toda ella mezclada en ese viento que nunca hab\u00eda dejado de soplar incluso cuando no hab\u00eda nadie presente, y me volvieron los trilobites a la mente, era un viento de esa \u00e9poca, un viento trilobite, un viento de las cosas desaparecidas para siempre, de las cosas del mar y de las que se arrastran desde el mar, un viento de cosas acribilladas, y tu madre de golpe cay\u00f3 de rodillas frente a la tortuga. Lloraba como loca.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando volvimos, era de noche y ven\u00edamos callados. Vos dorm\u00edas, estabas agotado. Te mov\u00edas en sue\u00f1os, tambi\u00e9n, pero no hab\u00eda nada que pudi\u00e9ramos hacer. El jeep sub\u00eda y bajaba con las ondulaciones regulares de la arena mojada, como si siguiera la melod\u00eda de una canci\u00f3n de la radio. Esta vez las gaviotas planearon quietas al lado del jeep. La noche esa de las tortugas dormiste mal, todos dormimos mal. A la ma\u00f1ana siguiente salimos de vuelta para la playa a comprobar si hab\u00eda sido o no una pesadilla. Pero antes Natalia quiso pasar por la telef\u00f3nica y llamar a su padre. Fue una conversaci\u00f3n larga. Natalia sali\u00f3 de la telef\u00f3nica con cara de sobreviviente de un hurac\u00e1n. Antes de que pudiera preguntarle nada, con una sola mirada me hizo cambiar de opini\u00f3n y tragarme la pregunta. Se subi\u00f3 al jeep y solamente nos dijo que tu abuelo andaba bien y que mandaba saludos. Nunca quiso explicarme de qu\u00e9 hab\u00edan discutido. Yo no lo sab\u00eda, pero ya no lo volver\u00eda a ver. Vamos, dijo ella.<\/p>\n\n\n\n<p>Una de las tortugas ya ni estaba. El mar hab\u00eda subido hasta m\u00e1s all\u00e1 de los primeros m\u00e9danos durante la noche. En alguna parte estaba pero ya no \u00edbamos a encontrarla de nuevo. La segunda tortuga estaba, pero a esta altura no le quedaba ni un solo huevo. Tal vez los peces se los hab\u00edan comido.<\/p>\n\n\n\n<p>Empezaste con pesadillas m\u00e1s o menos en esa \u00e9poca. No me acuerdo c\u00f3mo decidimos con Natalia que eran pesadillas y no sue\u00f1os. Las pesadillas no inclu\u00edan a ninguna tortuga, que supi\u00e9ramos. Solamente te ve\u00edamos moverte de noche, decir cosas incompletas, nombrar, llamar, voces que lograban atravesar la capa del sue\u00f1o, cosas empapadas que no quer\u00edan decir nada pero que trataban de decir todo. Por la ma\u00f1ana, Natalia y yo te pregunt\u00e1bamos, pero no nos contabas nada o no pod\u00edas explicarnos. Decidimos que no te acordar\u00edas de las pesadillas. Al menos en eso estabas a salvo.<\/p>\n\n\n\n<p>A veces, durante los d\u00edas que siguieron, te quedabas mir\u00e1ndonos fijo, como si hubieras estado por un instante frente al borde de un recuerdo muy antiguo, pero entonces se pod\u00eda ver que ese reconocimiento empezaba a retroceder, a desmembrarse, hasta que volv\u00edas a ser el mismo de siempre. Antes de que tu memoria se deshiciera del todo, por un momento, nos mirabas como si nosotros no fu\u00e9semos nosotros. No s\u00e9 c\u00f3mo decirlo. Como criaturas de otra parte.<\/p>\n\n\n\n<p>Al final del verano, ella ya casi no hablaba con nosotros. Cuando volvimos de las vacaciones fue cuando empez\u00f3 a insistir con que no pod\u00eda tener hijos. Esa era una de tantas cosas. Su padre, esa era otra, pero otra de tantas. Una noche, Natalia entr\u00f3 en el living con un caf\u00e9 en la mano. \u00bfMe prepar\u00e1s uno a m\u00ed?, le dije. No me hizo caso. O no me escuch\u00f3. Se sent\u00f3 a mi lado mirando el vapor que sub\u00eda de su caf\u00e9 negro. No hab\u00eda ni una part\u00edcula flotando en la superficie, era perfectamente lisa. Tampoco soltaba ning\u00fan aroma, me acuerdo. Dentro de la taza, nos reflej\u00e1bamos nosotros y la ventana entera. Cuanto m\u00e1s tiempo uno se mira en un reflejo, se piensa en cosas cada vez m\u00e1s raras. Por eso trat\u00e9 de pensar en blanco, y la mir\u00e9. Natalia estuvo por decir algo, y luego se qued\u00f3 meditando y volvi\u00f3 a dejarse llevar por ese reflejo en la taza. Se encerr\u00f3 ah\u00ed. No levant\u00f3 la mirada por mucho tiempo. No s\u00e9 cu\u00e1nto. Y entonces me mir\u00f3, y me dijo: Ya no te voy a traer caf\u00e9 nunca m\u00e1s en esta vida, \u00bfsab\u00e9s?<\/p>\n\n\n\n<p>Solamente eso. Como un suspiro. Como desde un gran cansancio acumulado. Prob\u00f3 su caf\u00e9. Despu\u00e9s, cerr\u00f3 los ojos con delicadeza como si lo degustara o como si quisiera borrar el presente, abrir los ojos y que ya nadie estuviera ah\u00ed. Finalmente baj\u00f3 la taza. La sosten\u00eda con ambas manos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfVos est\u00e1s segura?, le dije.<\/p>\n\n\n\n<p>No me respondi\u00f3. No le pregunt\u00e9 por qu\u00e9. No hab\u00eda ninguna diferencia. Iban a ser solamente palabras. Natalia no tuvo la necesidad de moverse lejos de mi lado. Ah\u00ed se qued\u00f3, con la taza entre las manos, termin\u00e1ndose ese caf\u00e9, que era el \u00faltimo de todos y pod\u00eda preservarse intacto por un rato m\u00e1s. No tengo manera de saber en qu\u00e9 pensaba ella. Pero estaba seguro de una cosa. Me pregunt\u00e9 d\u00f3nde estaba la aventurera, d\u00f3nde hab\u00eda quedado, pero ya lo sab\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Y se lo pregunt\u00e9: \u00bfEn qu\u00e9 pens\u00e1s?<\/p>\n\n\n\n<p>Ella me volvi\u00f3 a buscar, supongo, en la taza. No ten\u00eda las palabras que necesitaba para una respuesta. Ni yo tampoco. Pero no por eso era algo menos real. Solo hab\u00eda que pensar, y ah\u00ed estaban las tortugas acribilladas, como bodoques salidos directamente de uno de los sue\u00f1os de cualquiera de nosotros. Tal vez, de uno que todos hab\u00edamos tenido a la vez. Las tortugas eran reales ahora. Ni ella ni yo nos movimos de ah\u00ed. Ella no intent\u00f3 explicarse m\u00e1s a fondo. Nuestras caras flotaban sobre esa superficie negra que Natalia sosten\u00eda entre las manos. En ese momento, no est\u00e1bamos ni cerca ni lejos del otro. Si hubi\u00e9semos sido gaviotas, pens\u00e9, en ese momento habr\u00edamos salido volando.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color\" style=\"color:#7e0505\"><strong>Francisco Cascallares<\/strong> (Prov. de Buenos Aires, 1974) es escritor, dise\u00f1ador de videojuegos, editor en @Notanpuan, y dicta talleres de escritura (tallerlit.com). Estudi\u00f3 Literatura Inglesa en la Universidad de Columbia y Escritura Creativa en la UNTREF. Es autor de los libros de cuentos <em>C\u00f3mo escribir sin obst\u00e1culos <\/em>(P\u00e1nico el P\u00e1nico, 2013), <em>Principio de fuga <\/em>(Notanpuan, 2016) y <em>Un mundo exacto<\/em> (Marciana, 2018). <em>Carn\u00edvora<\/em> (Omashu, 2022) es un libro que combina texto, imagen y sonido. Su quinto libro de cuentos, a\u00fan in\u00e9dito, recibi\u00f3 una menci\u00f3n del Fondo Nacional de las Artes, y varios de los cuentos ah\u00ed incluidos obtuvieron menciones en concursos como Premio Ita\u00fa Digital,\u00a0 Premio Mujica Lainez, UnaBrecha, y otros.  <em>Caparaz\u00f3n<\/em> forma parte del libro Principio de fuga.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Una tarde en su casa, mi viejo empieza a contarme sobre la vez que encontramos unas tortugas a ochenta o cien kil\u00f3metros del \u00faltimo balneario que exist\u00eda. \u00cdbamos \u00e9l, mam\u00e1 y yo, que no ten\u00eda m\u00e1s de tres a\u00f1os. 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