{"id":1122,"date":"2022-10-11T11:09:48","date_gmt":"2022-10-11T14:09:48","guid":{"rendered":"https:\/\/trumanmag.com\/?p=1122"},"modified":"2022-10-11T11:09:48","modified_gmt":"2022-10-11T14:09:48","slug":"la-tia-quela","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/2022\/10\/11\/la-tia-quela\/","title":{"rendered":"La t\u00eda Quela"},"content":{"rendered":"\n<p>El amontonamiento de autos es el habitual a esa hora, as\u00ed que con una paciencia que no hab\u00edamos percibido que ten\u00eda, el chofer coloca el colectivo detr\u00e1s de otro de la misma empresa y se resigna a esperar que el flujo del tr\u00e1nsito lo deje moverse. Muy despacio y despu\u00e9s detenido. Muy despacio y despu\u00e9s detenido. Cinco minutos para hacer los primeros cien metros y ahora algunos pasajeros le piden al chofer que abra la puerta para bajar a mitad de cuadra: prefieren ir caminando. Se liberan dos o tres asientos pero ninguno cerca m\u00edo, por lo que&nbsp; sigo parado, suspendido del ca\u00f1o superior con la mano derecha, la mochila en el piso, entre las piernas, la cabeza recostada sobre el brazo en alto como si lo usara de almohada. Cierro los ojos y los abro de nuevo. El sol de la ma\u00f1ana, las pocas horas dormidas, la leve asfixia que me produce la corbata. Es mi\u00e9rcoles, es primavera avanzada, aument\u00f3 la nafta y hay huelga del personal administrativo del Estado que pide recomposici\u00f3n salarial. Me qued\u00e9 anoche trabajando hasta tarde porque tengo que presentar el cierre de balance de todos los clientes. Cuando llegue a la oficina voy a hacer un caf\u00e9 grande y me voy a mojar apenas la cara, un poco en las sienes, justo donde nace el pelo, disimuladamente: eso me ayudar\u00e1 a despabilarme. Eso y la radio clavada en la FM <em>Greenday<\/em> : puro rock cl\u00e1sico en ingl\u00e9s, casi sin comentarios ni publicidades.<\/p>\n\n\n\n<p>Por la ventana sucia miro hacia afuera y veo, caminando entre la gente, las piernas de la t\u00eda Quela. Las reconozco inmediatamente de las fotos familiares, o de los recuerdos de cuando yo apenas superaba la altura de sus rodillas, o de los relatos de la parentela sobre su figura extraordinaria. La Tina Turner de los Vigneli, le dec\u00edan. Era incre\u00edble que siendo tan bella se hubiera quedado soltera, agregaban. Cupido le hab\u00eda jugado una mala pasada, con la cantidad de pretendientes que hab\u00eda tenido en su vida. Ahora, entre la much\u00edsima gente que camina por la vereda, aparecen como un regalo las piernas de la t\u00eda y me invade un cari\u00f1o sorpresivo y fugaz, que es reemplazado enseguida por preocupaci\u00f3n: algo anda mal en esas piernas perfectas, que siguen siendo las m\u00e1s lindas que conoc\u00ed aunque la t\u00eda ya tenga m\u00e1s de ochenta a\u00f1os. Delgadas, largas y torneadas como si hubieran entrenado intensamente. La t\u00eda Quela nunca hab\u00eda hecho deporte ni nada que tuviera que ver con la actividad f\u00edsica, m\u00e1s que caminar un poco alguna vez cada tanto. Pero sus piernas eran fibrosas y t\u00f3nicas como las de una bailarina brasilera, a pesar de la edad, piernas perfectas a\u00fan cuando caminaba con zapatos sin taco, o en pantuflas, como lo est\u00e1 haciendo ahora, en pleno centro, en la vereda.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto, el puesto de diario me tapa la visi\u00f3n. El colectivo se detiene y me doy cuenta de que solo volver\u00e9 a ver a la t\u00eda si nos movemos nosotros o si se mueve ella. Estiro la cabeza para ver si puedo encontrarla.<\/p>\n\n\n\n<p>El colectivo avanza y volvemos a cruzarnos unos segundos m\u00e1s tarde. Su paso lento y arrastrado. Sonr\u00ede mientras camina. Ahora puedo verla mejor, porque est\u00e1 m\u00e1s cerca, y distingo con nitidez lo que antes hab\u00eda percibido como una intuici\u00f3n: algo anda mal.<\/p>\n\n\n\n<p>La t\u00eda Quela viene caminando con una cartera en la mano, la aprieta con fuerza como si tuviera miedo de que se la robaran. Tiene puesto un vestido de manga corta con flores claras, pantuflas, el cabello recogido, algunos mechones le caen sobre la cara, los labios pintados, anteojos de sol. Camina de forma extra\u00f1a, como si algo la frenara. Encuentro la explicaci\u00f3n: un poco m\u00e1s arriba de las rodillas, en los mismos muslos torneados que tantos celos dieron a sus primas y cu\u00f1adas, est\u00e1 atascada la bombacha. Ya sea porque se la estaba bajando o porque se la estaba subiendo, la prenda qued\u00f3 a mitad de viaje y ahora le hace el paso m\u00e1s dificultoso. Qu\u00e9 verg\u00fcenza. Pero verg\u00fcenza ajena, pienso, porque la verdad es que ella no parece preocupada. Tal vez ni siquiera se dio cuenta.<\/p>\n\n\n\n<p>Me muevo hasta el final del pasillo y toco timbre. El chofer levanta la vista y me mira por el espejo. Tengo que bajar, le explico. Sin sacarme los ojos de encima, abre la puerta, aunque estemos lejos de la parada. Con ruido neum\u00e1tico, el colectivo vuelve a cerrarse apenas piso la calle. Esquivo dos autos que est\u00e1n tambi\u00e9n detenidos. Alcanzo a la t\u00eda en dos zancadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre los puestos de flores y diarios que est\u00e1n sobre el cord\u00f3n y los manteros que venden ropa y carteras instalados contra la pared, la vereda ha quedado angosta, y por eso la gente se choca en sus pasos de apuro y malhumor. Sospecho que la t\u00eda no va a reconocerme as\u00ed que nos evito el mal momento. \u00a1T\u00eda Quela! Soy Pablito, el hijo de Susi y Rub\u00e9n. La t\u00eda se saca los anteojos oscuros, levanta las pesta\u00f1as postizas y perfectas, me mira con sus ojos azules, tan profundos que parecen violetas. Me agarra del brazo. Pablo querido, qu\u00e9 lindo verte, \u00bfQu\u00e9 and\u00e1s haciendo por ac\u00e1?<\/p>\n\n\n\n<p>Le doy un beso y siento su perfume dulz\u00f3n e inconfundible. Olor a t\u00eda Quela. Ella va a comprar cigarrillos, me explica mientras agita la cartera con la mano y se\u00f1ala la esquina con la cara. Miro donde indica y veo el kiosco. Estamos a no menos de cincuenta metros. Pienso qu\u00e9 hacer mientras la escucho que me dice en voz baja que se qued\u00f3 sin, que le quedan dos o tres nom\u00e1s y tiene miedo de que el kiosco cierre a la hora de la siesta.<\/p>\n\n\n\n<p>No s\u00e9 por d\u00f3nde empezar. Puedo decirle al o\u00eddo que acomode su bombacha, pero temo angustiarla. Siempre fue tan coqueta, Quela, tan pendiente de los detalles. Puedo recordarle que son las nueve de la ma\u00f1ana y no estamos cerca de la hora de la siesta o mostrarle que el kiosco tiene un cartel rojo y azul que indica que est\u00e1 abierto las veinticuatro horas. Tal vez deber\u00eda acompa\u00f1arla hasta ah\u00ed, pero con la bombacha ajustando sus piernas la t\u00eda camina muy lento. Y yo tengo que entrar a trabajar. Podr\u00eda decirle que me espere, que voy de un pique a comprar los cigarrillos y despu\u00e9s la escolto a su casa. La t\u00eda vive en un departamento hermoso, en un primer piso, a la vuelta de donde estamos. Tiene dos ventanales de roble con balc\u00f3n a la calle, paredes con moldura, una decoraci\u00f3n cl\u00e1sica y moderna a la vez. Esta \u00faltima opci\u00f3n tampoco me convence, \u00bfY si la dejo ah\u00ed parada y cuando vuelvo no est\u00e1? \u00bfY si salgo del kiosco y no la veo m\u00e1s? \u00bfY si se pierde? \u00bfC\u00f3mo le explico a la familia que la dej\u00e9 desvariando en medio de la calle?<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer hermosa, abandonada. La historia de la t\u00eda Quela apaciguaba la envidia de las otras mujeres: para qu\u00e9 le hab\u00eda servido la belleza si ni una familia hab\u00eda podido formar.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Hubo un hombre. El amor de su vida, dec\u00edan las cu\u00f1adas. Un guacho. Era abogado laboralista. No s\u00e9 c\u00f3mo se conocieron pero intuyo que fue su gran amor. \u00c9l estaba casado. Pero eso no les impidi\u00f3 tener una relaci\u00f3n y que la t\u00eda Quela lo llevara a algunos asados o cumplea\u00f1os. Se separaron porque \u00e9l tuvo que exiliarse en el setenta y siete. Se fue con su mujer a M\u00e9xico, la t\u00eda Quela sigui\u00f3 con sus cosas como si no hubiera pasado nada. No dio explicaciones y trat\u00f3 de mostrar que todo segu\u00eda igual. Pero la mirada, me cont\u00f3 mam\u00e1, le qued\u00f3 triste para siempre.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Ya s\u00e9 qu\u00e9 hacer. La acompa\u00f1o hasta el departamento, le pido que se quede ah\u00ed esperando y yo bajo hasta el kiosco. Es un plan perfecto. Se lo explico r\u00e1pido, la tomo del brazo y avanzamos en la direcci\u00f3n contraria a la que ven\u00edamos. Los dos.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Subo la escalera con los cuatro atados de cigarrillos. Dud\u00e9 cuando me los pidi\u00f3 porque me parecieron muchos, pero tuve miedo de que si le compraba menos saliera de nuevo a buscar los que faltaban. Me pregunto cu\u00e1nto le durar\u00e1n los cuatro atados. Miro la hora en el celular. Le mando un mensaje a Laura para saber si la jefa lleg\u00f3 a la oficina. S\u00ed, hace cinco minutos. Le escribo que estoy demorado, que me cubra un rato, que ya voy. Bajo del ascensor, golpeo en el departamento D con los nudillos. Escucho la voz diciendo que entre. Del pasillo oscuro paso al living iluminado. El sol entra por los ventanales. Pesta\u00f1eo. T\u00eda Quela est\u00e1 sentada en un sill\u00f3n y en la mesa ratona dos vasos con hielo, esper\u00e1ndome. \u00bfTe tom\u00e1s un whiskicito? Me acerco a la mesa y tapo la botella. T\u00eda, son las nueve de la ma\u00f1ana. Me pregunta si yo soy de los que creen que hay que tomar solo de noche, y la verdad es que no s\u00e9 si soy de esos, pero tomo solo de noche. Le pregunto d\u00f3nde le dejo los cigarrillos y me dice que por favor los guarde en la cocina, en el mueble verde donde est\u00e1n las copas.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Arriba de la mesada hay una cubetera con varios hielos derriti\u00e9ndose. La completo con agua y la meto en el freezer. Piso algo blando: es la bombacha. Se termin\u00f3 de caer o se la sac\u00f3 y la dej\u00f3 ah\u00ed tirada. La corro con el pie hasta la pared, pero no la levanto. Abro la puerta del mueble verde y me quedo mirando, con los paquetes de cigarrillos en la mano. El mueble est\u00e1 lleno, de un extremo a otro, de arriba abajo, de cajas azules y negras, id\u00e9nticas a las que tengo en la mano. Hago un c\u00e1lculo r\u00e1pido: no hay menos de sesenta paquetes ah\u00ed. Acomodo los cuatro que traje.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Cuando vuelvo al living est\u00e1 oscuro. T\u00eda Quela cerr\u00f3 los postigos de los ventanales y encendi\u00f3 una l\u00e1mpara de pie, al costado del sill\u00f3n. Ya sirvi\u00f3 whisky en los dos vasos. Ven\u00ed que ya es de noche, me dice, y da un sorbo peque\u00f1o y coqueto.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Me siento, muevo el pie golpeando el piso porque estoy nervioso. Hace rato ya que deber\u00eda estar trabajando. Me tengo que ir. Pienso en llamar a alguien pero no s\u00e9 a qui\u00e9n, t\u00eda Quela no tiene hijos, mi mam\u00e1 no puede hacer mucho. Es hermana de mi abuela, Quela. La hermana menor. Nos vemos poco con los primos y, la verdad, no tengo c\u00f3mo ubicarlos de urgencia. Mientras pienso, ella termina su whisky y se vuelve a servir. Hace girar el hielo en el vaso, jugando. Solo cuando cruza las piernas, Amelita Baltar, Norma Pons, tan bella la t\u00eda Quela, solo cuando cruza las piernas me acuerdo de que no tiene bombacha. El vestido claro con flores, las u\u00f1as pintadas, sus ojos viol\u00e1ceos y sus ochenta y pico. Me acerco a la mesa, levanto el vaso y doy un sorbo t\u00edmido. Me arde la garganta. Viene a mi mente la noche de trabajo y siento que hace bien esa bebida fuerte, me reconforta. Da energ\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Saco el celular y tengo tres mensajes de Laura, pregunta d\u00f3nde estoy y dice que mi jefa me va a matar, que ya pregunt\u00f3 mil veces por m\u00ed y ella no sabe qu\u00e9 decirle. Le escribo que estoy atendiendo a mi t\u00eda, que la encontr\u00e9 desvariando en la calle y la tuve que traer a su casa, que estoy esperando a un primo que me va a relevar.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Chocamos los vasos. La t\u00eda se calza las pantuflas y va hasta la cocina. Cualquiera que la ve de atr\u00e1s ni se imagina su edad. Se mueve con gracia. Me aflojo la corbata y desabrocho el primer bot\u00f3n de la camisa. Ella vuelve enseguida, con un paquete de galletitas de agua, y un atado de cigarrillos. Hay que desayunar algo, me dice y me parece recordar algunas tardes en casa en que ella ayudaba a la abuela a servirnos la merienda. Muerde y algunas migas caen sobre la falda: hay que hacer base, se r\u00ede. Y baja el desayuno con un trago largo de escoc\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Se hace silencio; siento que tengo que hablar de algo. Le digo que mam\u00e1 est\u00e1 bien. Levanta las cejas. Claro, me dice, \u00bfPor qu\u00e9 iba a estar mal? \u00bfEstuvo mal? No, no, le aclaro que no. Est\u00e1 fant\u00e1stica. Desde que se jubil\u00f3, cada vez mejor.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Otra vez silencio. La t\u00eda mueve las rodillas desnudas, muy junta una a la otra, puro hueso. Las mueve hacia izquierda y derecha, como acompa\u00f1ando una canci\u00f3n de cuna. Agarra el vaso con las dos manos, lo envuelve y bebe sorbos cortitos mientras sonr\u00ede. Apoyo mi vaso vac\u00edo en la mesa. No s\u00e9 cu\u00e1nto tiempo pasa, no podr\u00eda medirlo, pero es el tiempo suficiente para sentirme inc\u00f3modo, sin nada que decir, sin que se me ocurra qu\u00e9 preguntar. As\u00ed estamos los dos, como si nos hubieran olvidado, suspendidos entre las l\u00edneas de luz que entran oblicuas por los postigos. Busco y no encuentro un tema para conversar. Por hacer algo, miro el tel\u00e9fono. No deber\u00eda: tengo tres llamadas de mi jefa y muchos mensajes de Laura. Me recuerda que es un d\u00eda dif\u00edcil en la oficina, que est\u00e1n los vencimientos, que tengo que terminar hoy los informes. No le contesto, pero me dan ganas de decirle que los terminen ellos. \u00bfY si yo me muero, qu\u00e9? \u00bfSe acaba el mundo? Pienso en mi otro trabajo y en los balances que me falta cerrar. Otra noche de mal sue\u00f1o. Lleno mi vaso y le ofrezco a la t\u00eda, que me estira el suyo. Parece feliz. Le sonr\u00edo con el gesto habitual que antecede al comentario. Me mira en espera. Puedo hablar otra vez de mi madre, pero no s\u00e9 qu\u00e9 decirle. Que est\u00e1 bien, ya se lo dije. Que est\u00e1 en su casa. Con sus plantas. Nada que Quela no sepa de memoria. Podemos hablar del trabajo. T\u00eda Quela era profesora de historia, pero se jubil\u00f3 hace m\u00e1s de veinte a\u00f1os. Puedo contarle de mis balances. Lo que sea, tiene que ser r\u00e1pido, porque la sonrisa de la t\u00eda espera, sus dientes perlados dicen contame algo, nene. Decime.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Le se\u00f1alo un portarretratos de marco blanco que hay sobre el aparador. En la foto est\u00e1 la t\u00eda, joven, con un se\u00f1or de bigotes. \u00bfEs \u00e9l? Le pregunto: \u00bfes \u00e9l?<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>T\u00eda Quela apoya el vaso sobre la mesa. Tiene un peque\u00f1o lunar claro sobre el p\u00f3mulo izquierdo. \u00bfQu\u00e9? pregunta. \u00bfQui\u00e9n?<\/p>\n\n\n\n<p>Me quiero ir. No s\u00e9 porqu\u00e9 no habl\u00e9 del clima, le pod\u00eda preguntar si le gusta el verano, si est\u00e1 contenta con los calorcitos que estrenamos en noviembre. Si le gustan las flores. No hay plantas en el departamento. Le aclaro: si el de la foto es el que era tu novio, el que cuentan que tuvo que irse. Quela se para y se acerca a la ventana, abre apenas el postigo, una l\u00ednea de luz, la suficiente como para echar afuera el humo del cigarrillo que acaba de prender. No me responde. Vac\u00edo el vaso de un sorbo. Tengo que irme y volver a la oficina. Me levanto para buscar la mochila. La encuentro al lado de la puerta de ingreso, y cuando me doy vuelta para despedirme, ya no est\u00e1 la t\u00eda junto a la ventana. Est\u00e1 el postigo abierto apenas, la t\u00eda fantasma desapareci\u00f3. La busco en la cocina. No hay nadie. Las puertas del mueble abiertas dejando ver las cajas de cigarrillos apiladas. La bombacha hecha un bollo, en un rinc\u00f3n. La levanto con la punta del pie, me da pena dejarla en el piso. Me asomo en el ba\u00f1o, no hay nadie. Entro en la habitaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>La t\u00eda Quela est\u00e1 acostada en su cama, las piernas estiradas, los ojos cerrados. Me siento a su lado. T\u00eda, \u00bfest\u00e1s bien? Como si la velara. Como si la despidiera. Si no fuera por el pecho que sube y baja despacio, dir\u00eda que est\u00e1 muerta. De un departamento cercano llega olor a frito. Es temprano, pero alguien cocina el almuerzo. T\u00eda Quela, \u00bfest\u00e1s bien? Le aparto un mech\u00f3n de pelo que le cae sobre la frente. Tiene la piel muy suave, incre\u00edblemente suave. Le acomodo el vestido y pongo sus manos sobre el vientre, cruzadas. Acaricio sus manos, recorro con el \u00edndice los anillos. Aliso la tela a flores que insiste en arrugarse y recorro as\u00ed sus caderas, el pecho. \u00bfTendr\u00e1 miedo de morir, la t\u00eda? \u00bfSo\u00f1ar\u00e1 que muere sola, que nadie se entera, que denuncian los vecinos que sale olor feo del departamento? \u00bfSo\u00f1ar\u00e1 que su gato le come las tripas, desgarra el vientre plano, soltero y revuelve sus humores \u00edntimos? Vuelvo a acomodarle los mechones rebeldes, los sujeto detr\u00e1s de las orejas y sigo el contorno de la cara con el rev\u00e9s del dedo \u00edndice. La acaricio despacio. Las pesta\u00f1as postizas tiemblan apenas. Me habla. \u00bfNecesit\u00e1s algo, Pablito? La t\u00eda est\u00e1 descansando un rato. And\u00e1, nom\u00e1s, con tus cosas.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>Las palabras le salen firmes de la boca casi inm\u00f3vil, y me acuerdo de cuando \u00e9ramos chicos y siempre nos estaba corriendo del lugar. Odia a los chicos, dec\u00edan mi mam\u00e1 y las otras. Es resentimiento, insist\u00edan, con lo que la vida no le dio.<\/p>\n\n\n\n<p><a><\/a>La t\u00eda abre los ojos y me repite que vaya tranquilo. Ella va a hacer una siesta, a descansar un ratito. Que cierre la puerta de entrada, nom\u00e1s, que solo se abre de adentro.<\/p>\n\n\n\n<p>El sol de las once me quema los ojos. La vereda est\u00e1 atiborrada, me empujan. Me acerco al kiosco de la esquina y compro pastillas de menta para disimular el aliento a alcohol. Voy a la parada. Los pendientes son muchos, el d\u00eda se har\u00e1 largo. En el medio de la calle, rodeado de autos, bocinas, gritos y malhumores aparece el colectivo. Estiro la mano. Parece imposible que se acerque a la vereda pero el chofer vira el tim\u00f3n de la nave y en un movimiento corto, dos, cinco, como saltitos, se arrima al cord\u00f3n. Escucho el ruido neum\u00e1tico al abrirse la puerta. Subo, pago, voy para el fondo. Me sostengo del ca\u00f1o del techo, me apoyo en el brazo, me duele la cabeza. Meto mi mano libre en el bolsillo y aprieto la bombacha. Me dio cosa dejarla ah\u00ed tirada, como tristeza. Me quedo as\u00ed, agarr\u00e1ndola. Va a ser un d\u00eda largo en la oficina. Un d\u00eda arduo. Ya estoy a minutos de llegar.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color\" style=\"color:#b90606\"><strong>Paula Tomassoni<\/strong> es escritora y docente. Public\u00f3 las novelas Indeleble (EME, 2018) Leche merengada (EME, 2015) y los libros de cuentos En servicio (2020. Vera Editora Cartonera), Pez y otros relatos (Modesto Rimba, 2015) y El paralelo (2016, Colecci\u00f3n \u201cLeer es Futuro\u201d del Ministerio de Educaci\u00f3n de la Naci\u00f3n). Escribi\u00f3 los textos del libro de arte de Marcelo Blanco No me arrojes al olvido (ConHeja, 2020) Particip\u00f3 en varias antolog\u00edas de cuentos y ensayo. Este a\u00f1o saldr\u00e1 publicada su nueva novela, Enlutada, por el sello Corregidor. Se form\u00f3 en la carrera de Letras de la UNLP y en la Maestr\u00eda de Escritura Creativa en la UNTREF. Actualmente escribe la tesis en el Doctorado de Educaci\u00f3n (UNSAM-UNTREF-UNLA). Trabaja dando clases de Literatura y coordinando equipos en Formaci\u00f3n Docente Permanente en la ense\u00f1anza de Lengua y Literatura y Comunicaci\u00f3n.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El amontonamiento de autos es el habitual a esa hora, as\u00ed que con una paciencia que no hab\u00edamos percibido que ten\u00eda, el chofer coloca el colectivo detr\u00e1s de otro de la misma empresa y se resigna a esperar que el&#8230;<\/p>\n","protected":false},"author":47,"featured_media":1125,"comment_status":"closed","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[20],"tags":[],"class_list":["post-1122","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-ficcion"],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/trumanmag.com\/wp-content\/uploads\/2022\/10\/muj.png","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1122","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/47"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1122"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1122\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1124,"href":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1122\/revisions\/1124"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/1125"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1122"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1122"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1122"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}