{"id":1069,"date":"2022-09-16T08:30:00","date_gmt":"2022-09-16T11:30:00","guid":{"rendered":"https:\/\/trumanmag.com\/?p=1069"},"modified":"2022-09-15T17:18:35","modified_gmt":"2022-09-15T20:18:35","slug":"namenlos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/trumanmag.com\/index.php\/2022\/09\/16\/namenlos\/","title":{"rendered":"Namenlos"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>A Stephan<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><strong>I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La primera vez que escuch\u00e9 la historia del p\u00e1rroco Prengel fue en Tijuana. Yo estaba camino a San Diego, siguiendo a una mujer que nunca volv\u00ed a ver. En la frontera con Estados Unidos me rebotaron. Y, sin considerar la posibilidad de volver atr\u00e1s, me qued\u00e9 dos o tres semanas en la ciudad buscando un agujero por donde pasar. Era el \u00faltimo a\u00f1o del siglo XX: todav\u00eda no hab\u00edamos le\u00eddo sobre los huesos de mujeres enterrados en fosas clandestinas, ni exist\u00edan memes con la caricatura de Donald Trump levantando un muro con forma de guillotina.<\/p>\n\n\n\n<p>Al quinto d\u00eda de deambular por la ciudad me qued\u00e9 sin plata. Las noches de veinticuatro horas por la Avenida Revoluci\u00f3n se hab\u00edan chupado mis pesos argentinos que cotizaban en d\u00f3lares. Tampoco eran muchos. S\u00f3lo unos miles que guardaban mis padres en el placard, en el caj\u00f3n de la ropa interior. Hac\u00eda tres semanas que hab\u00edan muerto en un accidente de lancha en el Delta; cuando decid\u00ed irme de viaje a\u00fan no hab\u00edan encontrado sus cuerpos. El manojo de billetes fue lo \u00faltimo que ellos pudieron darme.<\/p>\n\n\n\n<p>Paco, un mexicano nacido y criado y curtido en la frontera, que se me peg\u00f3 una noche para hablar de Maradona y venderme coca\u00edna, me dijo que vaya a la Casa del Migrante; que diga que iba de parte suya, que unos d\u00edas iba a poder dormir ah\u00ed, al menos hasta que me deportaran o asumiera la clandestinidad como modo de vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Tard\u00e9 dos d\u00edas en decidirme a ir. El tiempo que tard\u00f3 Javiera, una chilena que hab\u00eda conocido en el bar You, en echarme de su casa. Llegu\u00e9 temprano, sin bolso ni libro ni documentos. Me recibi\u00f3 una piba bajita, de rulos, que ten\u00eda un guardapolvo violeta que le cubr\u00eda las rodillas. Antes de decirme hola, me ofreci\u00f3 una silla y un vaso de agua. Luego dijo que espere en el patio central a que llamaran mi nombre. Hasta las dos de la tarde estuve sentado en un banco de cemento cuadrado que parec\u00eda una maceta gigante. En el medio ten\u00eda una palmera ancha y larga que se colaba en el balc\u00f3n del tercer piso del edificio. Ah\u00ed, en una de las oficinas altas, me dijo un salvadore\u00f1o con un tatuaje negro en el cuello, estaban definiendo mi futuro. Despu\u00e9s quiso decirme algo m\u00e1s, pero imitando a un gringo, con tonada met\u00e1lica le dije: No hablo espa\u00f1ol.<\/p>\n\n\n\n<p>Las hojas de la palmera no daban sombra. En la nuca ten\u00eda el pelo pegado por la transpiraci\u00f3n. Las piernas me pesaban. Y en el pie, creo que en el izquierdo, sent\u00eda un ardor que no me dejaba cerrar los ojos. El dolor ven\u00eda del empeine. Ten\u00eda un tajo del tama\u00f1o de un dedo. No recordaba c\u00f3mo me lo hab\u00eda hecho. Tampoco lo hab\u00eda notado hasta que Stephan se acerc\u00f3 con una gasa y una botella de agua oxigenada. Se\u00f1al\u00e1ndome el pie, en un espa\u00f1ol con prosodia germanizada, me dijo que estaba sangrando.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Stephan termin\u00f3 la escuela secundaria, en Viena, le dieron dos opciones: alistarse en el servicio militar o hacer un a\u00f1o de servicio social en cualquier pa\u00eds del tercer mundo. La primera opci\u00f3n no la consider\u00f3. Su abuelo, el padre de su padre, hab\u00eda combatido en las filas de la juventud hitleriana. Seg\u00fan su padre, me cont\u00f3 Stephan, lo hab\u00edan sumado a la fuerza. Al comienzo de la guerra su abuelo era muy joven para ir al campo de batalla. Sin embargo, sobre el ocaso, en la primavera de 1945, cuando el ej\u00e9rcito nazi empez\u00f3 a replegarse frente al avance de los aliados, un pelot\u00f3n de soldados de la SS lleg\u00f3 a su pueblo e hizo una fiesta en el bar central. Como si fuese una trampera de globos, cervezas y m\u00fasica, en la agon\u00eda de la noche y tras un encendido discurso patri\u00f3tico de parte de un oficial, la mayor\u00eda de los hombres se alistaron. Los que no levantaron la mano, como el abuelo de Stephan, tambi\u00e9n tuvieron que hacerlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Stephan cuenta esa historia para justificar haber elegido la segunda opci\u00f3n. Dar asistencia social en un pa\u00eds subdesarrollado tampoco era su sue\u00f1o, pero al menos -me confi\u00f3- lo alejaba de los fantasmas familiares. Cuando en la escuela hicieron circular las solicitudes de inscripci\u00f3n al servicio social, sin saber en qu\u00e9 parte de M\u00e9xico quedaba Tijuana, Stephan le dio una tilde a la hoja. Al a\u00f1o siguiente subi\u00f3 a un avi\u00f3n, y luego de quince horas de vuelo estaba acompa\u00f1ando a dominicanos y mexicanos en el purgatorio fronterizo que divide M\u00e9xico de Estados Unidos.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando lo conoc\u00ed a Stephan, al igual que yo, le faltaban unos pocos d\u00edas para cumplir veinte a\u00f1os. Ten\u00eda el pelo rubio y unos dientes chicos y blancos que parec\u00edan de pl\u00e1stico. Su estad\u00eda en M\u00e9xico estaba por terminar. Sin embargo, ya se hab\u00eda acostumbrado a la extranjer\u00eda y dudaba en seguir de viaje o en volver a su pa\u00eds a empezar estudios de Ingenier\u00eda. En la Casa del Migrante me consigui\u00f3 una cama en una habitaci\u00f3n compartida, por siete d\u00edas; el tiempo que me faltaba para que me den el pase a Estados Unidos, seg\u00fan me hab\u00edan dicho en el consulado cuando me presente m\u00e1s l\u00facido.<\/p>\n\n\n\n<p>Por cuestiones del orden del misterio, Stephan me tom\u00f3 cari\u00f1o o algo parecido. Antes de que cayera el sol, me invitaba a tomar cerveza al costado del r\u00edo Tijuana, que separa la ciudad en dos. Compraba un pack de latas en un mercado y las tom\u00e1bamos calientes, mirando la superficie del agua sucia. Stephan, de chico, de m\u00e1s chico claro, se hab\u00eda enamorado de una argentina que viv\u00eda en su mismo edificio. Como un ritual, cuando abr\u00eda la tercera lata me empezaba a hablar de ella, dando por hecho que la conoc\u00eda. Argentina, en su cabeza, era un pueblo donde todos sab\u00edamos nuestros nombres y apellidos. Yo le segu\u00eda la charla. Me gustaba o\u00edrlo inventar un lenguaje compuesto con palabras en espa\u00f1ol, ingl\u00e9s y alem\u00e1n. A la distancia, esa lengua, es lo \u00fanico real que recuerdo de esos d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Una tarde, mirando el r\u00edo Tijuana, Stephan me pregunt\u00f3 si era cierto que en la \u00faltima dictadura en la Argentina tiraban cuerpos vivos al r\u00edo. Me dijo que lo hab\u00eda le\u00eddo en un art\u00edculo donde comparaban el genocidio alem\u00e1n con el argentino. Despu\u00e9s me dijo que una enfermera de la Casa del Migrante le hab\u00eda contado una historia similar con los camellos que trafican personas en la frontera. Me lo dijo con la vista fija en el r\u00edo, como si estuviera esperando que debajo del d\u00e9bil oleaje marr\u00f3n se asomara un brazo o un mech\u00f3n de pelos. Yo no le respond\u00ed, menos le habl\u00e9 de mis padres. Aboll\u00e9 la lata vac\u00eda y la tir\u00e9 al agua. Al rato Stephan agreg\u00f3: Si esos cuerpos aparecen tendr\u00edamos que enterrarlos, como hizo el p\u00e1rroco Prengel.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-left\"><strong>III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La visa para entrar a Estados Unidos nunca me sali\u00f3. Mi abuela me mand\u00f3 un pasaje en micro hasta Venezuela, y despu\u00e9s segu\u00ed bajando hasta Argentina haciendo dedo. Ese a\u00f1o empezaba a estudiar la carrera de sociolog\u00eda en Buenos Aires, una especie de soga que me hab\u00eda inventado para volver y quedarme. De Stephan s\u00f3lo me qued\u00f3 una direcci\u00f3n de correo postal y otra de email. En los quince a\u00f1os que siguieron a nuestro encuentro en Tijuana nunca nos escribimos.<\/p>\n\n\n\n<p>Por motivos de trabajo el a\u00f1o pasado estuve de viaje por Europa Central. Mientras preparaba el itinerario le escrib\u00ed a Stephan, de modo anal\u00f3gico y virtual. Pasaron los d\u00edas y del otro lado nada. Sin esperanzas lo busqu\u00e9 por Facebook: lo encontr\u00e9 enseguida. En la foto de perfil estaba con un beb\u00e9 en brazos y una sonrisa iluminada por sus dientes de pl\u00e1stico. Le envi\u00e9 una solicitud de amistad y a los pocos minutos empezamos a hablar como si estuvi\u00e9semos frente al r\u00edo Tijuana. Al final de la charla le dije que iba a andar por Viena tres semanas. A pesar de que el mensaje figuraba como le\u00eddo no me contestaba. Pasaron los minutos y al rato, cuando pensaba que lo hab\u00eda incomodado, me envi\u00f3 como respuesta una foto de la habitaci\u00f3n que me esperaba en su casa.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>La noche que me fue a buscar al aeropuerto, Karin, la novia, prepar\u00f3 una olla de sopa de espinaca y una bandeja de goulash que me quit\u00f3 el fr\u00edo bajo cero que llevaba encima. Despu\u00e9s de comer, Stephan lav\u00f3 los platos y junto a Karin durmieron a Jakob, el beb\u00e9 que abrazaba en la foto de su perfil. Al rato Stephan sali\u00f3 solo de la habitaci\u00f3n, con un mapa de Viena en la mano. Lo despleg\u00f3 en la mesa de madera, y con birome negra fue marcando los lugares que no figuraban en el folleto que repart\u00edan en la Oficina de Turismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Stephan hizo un c\u00edrculo sobre la estaci\u00f3n Reumannplatz; otro sobre la pizzeria Mafiosi; otro sobre el complejo hospitalario Otto Wagner. En total, habr\u00e1 hecho diez u once c\u00edrculos. El primero que marc\u00f3 fue Friedhof der Namenlosen, o, como me dijo en el espa\u00f1ol que entren\u00f3 en su paso por Tijuana: El cementerio de los sin nombre.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>IV<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Para llegar al cementerio nos tuvimos que tomar un tren, un tranv\u00eda, dos colectivos, y caminar 550 metros, seg\u00fan Google maps, por una calle angosta rodeada de silos, almacenes de grano y contenedores. Hora y media de viaje urbano. La mitad del tiempo que tardaba Prengel, en 1899, desde el centro de Viena, me dijo Stephan, mientras com\u00edamos salchichas y tom\u00e1bamos cerveza en un puesto repleto de obreros del Parque Industrial de la zona.<\/p>\n\n\n\n<p>Prengel, me cont\u00f3 Stephan, era el p\u00e1rroco que se encarg\u00f3 de dar sepultura a los cuerpos que arrastraba la corriente negra del Danubio. Cuerpos ahogados. Cuerpos inflados de agua. Cuerpos secos de identidad. Cuerpos que aparec\u00edan en la orilla como mensajes de un siglo que, por debajo, empezaba a purgar su monstruosidad. Hasta el inicio de la Segunda Guerra, Prengel y sus sucesores hab\u00edan enterrado 104 cuerpos an\u00f3nimos. Sin importar el credo, los pon\u00edan en ata\u00fades de madera que donaba un carpintero, y los tapaban con tierra h\u00fameda en invierno y tierra seca en verano. Sobre cada parcela clavaban una cruz negra y un cartel escrito con la palabra \u201cnamenlos\u201d. Luego las ramas, hojas, flores y ra\u00edces se encargaban del cobijo final.<\/p>\n\n\n\n<p>En el jard\u00edn que cultiv\u00f3 el p\u00e1rroco Prengel, detr\u00e1s de una capilla de barro con forma de igl\u00fa, hay un banco de madera. Ah\u00ed nos sentamos a mirar el Danubio. Stephan abri\u00f3 su mochila y sac\u00f3 un pack de latas de cerveza, heladas por el fr\u00edo transparente que nos rodeaba.<\/p>\n\n\n\n<p>Adem\u00e1s de nosotros, en el cementerio hab\u00eda un hombre flaco, con bigotes claros y finos, que cruzaba las piernas en uno de los bancos laterales. Sobre su cabeza brillaba una gorra amarilla. Detr\u00e1s suyo, la luz blanda del atardecer pintaba el brazo de una gr\u00faa. El motor estaba apagado, igual que el del resto de las m\u00e1quinas del Parque Industrial. Tampoco hab\u00eda voces ni graznidos de p\u00e1jaros alrededor.<\/p>\n\n\n\n<p>Como si le hubiera sonado una alarma interna, el hombre se levant\u00f3 de golpe. Se sac\u00f3 la gorra y camin\u00f3 por el medio de las cruces. Se detuvo frente a las rejas de hierro que imped\u00edan el acceso a la capilla. Adentro, una l\u00e1mpara el\u00e9ctrica encendida simulaba una vela. El hombre se persign\u00f3 sin mover los labios. Luego busc\u00f3 una cruz. Y se par\u00f3 frente a la n\u00famero 27. Dijo unas palabras en austriaco, que no podr\u00eda traducir ni estando a su lado. Mir\u00f3 hacia donde corr\u00eda el Danubio y, antes de irse del cementerio, colg\u00f3 su gorra en la cima de la cruz, ocultando con la visera al jesucristo plateado.<\/p>\n\n\n\n<p>Stephan me mir\u00f3 con la intenci\u00f3n de traducirme la situaci\u00f3n, pero supo leer mis ojos y entendi\u00f3 que no era necesario. Luego me levant\u00e9 y cort\u00e9 un ramo de yuyos silvestres que crec\u00edan al costado del banco. Camin\u00e9 entre las cruces negras, buscando los n\u00fameros quince y doce, los d\u00edas que hab\u00edan nacido mi mam\u00e1 y mi pap\u00e1. Divid\u00ed en dos el manojo de yuyos y los desparram\u00e9 en la tierra h\u00fameda de nieve. Stephan me esper\u00f3 en la orilla del Danubio. Cuando lo alcanc\u00e9 me detuve a su lado, en silencio. Ambos ten\u00edamos las manos en los bolsillos, y la mirada ahogada en el fondo del r\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color\" style=\"color:#b50303\"><strong>Dami\u00e1n Huergo<\/strong> naci\u00f3 en Longchamps en 1983. Estudi\u00f3 sociolog\u00eda en la Universidad de Buenos Aires. Es autor de los libros de cuentos <em>Ida <\/em>(2012) y<em> Biograf\u00eda y Ficci\u00f3n <\/em>(Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes, 2017), y de las novelas <em>Un verano <\/em>(2015) y <em>La ley primera <\/em>(2022).<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A Stephan I La primera vez que escuch\u00e9 la historia del p\u00e1rroco Prengel fue en Tijuana. Yo estaba camino a San Diego, siguiendo a una mujer que nunca volv\u00ed a ver. 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